Taller de Mùsica e Instrumentaciòn

El Taller de Mùsica "SOL ORIENS" les ofrece una enseñanza a corto plazo, para tocar como los Grandes, tanto como en la Mùsica Clàsica como en Mùsica Urbana como el Jazz-Rock y Ritmos Bailables. Aprenda a interpretar a quien usted quiera, estamos para servirle

miércoles, 18 de abril de 2012

LA ORQUESTA CONTEMPORÀNEA

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Con Mahler y Strauss asistimos al apogeo de la gran orquesta,
 un apogeo que representó la culminación de un proceso
 y la abertura conceptual -particularmente en Mahler-
 hacia el futuro.
 Ambos músicos sintetizaron en su obra todas las
 innovaciones de la música europea del siglo XIX
 apoyándose en argumentos literarios que permitían integrar
 el sensitivo y maravilloso timbre de la voz en la orquesta.
 Sobre la base de los desdoblamientos por familias
 instrumentales y un acrecentamiento del grupo de metales
 que se correspondía con una gran profusión de instrumentos
 de percusión, ambos compositores abordaron enormes
 orquestas que parecían realizar al fin el sueño de Berlioz.
El importante fenómeno nacionalista que surgió a mediados
 del siglo XIX y que encontró en Rusia, con el Grupo de
 los Cinco, una vitalidad dio a la música de aquel país una 
proyección capaz de extenderse hasta la brillante
 orquesta rusa del siglo XX.
El famoso Grupo de los Cinco, integrado por Balakirev,
 César Cui, Musorgski, Rimski-Korsakov y Borodin,
 va a insuflar una nueva savia a la música culta a partir de
 la popular las melodías orientales, que favorecen un
 colorido tímbrico nítido y recortado en su arabesco,
 van a poner de relieve una manera nueva de orquestar
 a partir de los timbres puros e individualizados de la orquesta.
 Esta coloración orquestal de la música rusa, tan distinta
 a las mixturas occidentales, será un factor decisivo que, 
en cierta manera, influirá en el concepto instrumental del
 impresionismo francés. Ambos países han tenido siempre
 un agudo sentido de la valoración del timbre, unos trazos
 lumínicos inconfundibles que están muy lejos de la
 ampulosidad germánica.
 No es por azar por lo que la mejor orquestación de los
 Cuadros de una exposición de Musorgski fue realizada
 por el más exquisito orquestador que ha tenido Francia:
 Maurice Ravel. Como tampoco es casual que el Pelléas
 et Mélisande de Debussy naciera a la sombra del
 Borís Godunov.
Quizá no debiera separarse de manera disyuntiva
 la orquestación propiamente dicha del concepto 
de composición.
 A medida que avanza el siglo, a través de las intuiciones
 colorísticas rusas y en la medida en que nos acercamos
 al impresionismo musical, las combinaciones instrumentales
 inéditas quedan cada vez más integradas dentro del
 pensamiento global que combina la estructura con
 el color.
 Así como en el impresionismo pictórico la matización
 cromática llega a imponerse a veces al propio sujeto 
del cuadro, en la música se multiplican los matices,
 se precisa si los violines deben tocar a punta d'arco,
 sulla tastiera o sul ponticello, se enriquece con toda
 clase de observaciones la manera como debe ser
 atacada una nota o una frase, o sea, el pentagrama
 se puebla con una selva de imágenes poéticas que
 pretenden crear un estado de espíritu.
La música del siglo XX se caracteriza por un estricto 
revisionismo en todos los órdenes establecidos,
 por un cuestionar la tradición, por investigar hechos
 subjetivos y objetivos, físicos y estéticos, hasta llegar
 a las mismas fuentes que les dieron origen.
 La música, como las demás ramas del saber,
 ha sido objeto de un estudio empírico y teórico que
 la ha llevado al descubrimiento de nuevos aspectos
 en la constitución misma del sonido y a cambios
 de importante repercusión estética.
El siglo XX se ha permitido el lujo, después de
 la fastuosidad posromántica, de investigar y profundizar
 en la esencia misma del timbre; su especulación le ha
 llevado a descubrir aspectos inhabituales en la manera
 de tratar los instrumentos de siempre: el compositor
 ha descubierto que las cuerdas del violín pueden ser frotadas
 -y hasta percutidas- con la madera del arco (col legno)
 produciendo una sonoridad distorsiona da; que se las
 puede frotar normalmente en un extremo, casi encima 
del puente (sul ponticello), lugar donde la cuerda no vibra
 en toda su amplitud, dando como resultado
 un sonido metálico y penetrante; que puede usar 
del trémolo labial en los instrumentos de viento
 (frullato o Flatterzunge), etc.
 Poco a poco se ha conseguido una sonoridad siglo xx
 con una cantidad importante de recursos que amplifica
 y prolonga los medios tradicionales.
 Una partitura de Schönberg o de Berg suele estar
 vestida con tal lujo de detalles, poblada de tal cantidad
 de matices, que su lectura resulta en extremo ardua
 y compleja.
El espectro tímbrico de la música de nuestro siglo es
 de tal riqueza que ha llegado incluso a desbancar a 
otros elementos musicales, como la melodía o
 la medida del ritmo, que parecían de primer orden.
 Una composición musical, desde hace tiempo,
 puede justificarse fundamentalmente por el color.
 Así, la transmutación tímbrica de un acorde fijo
 que pasa por distintos instrumentos irisándose
paulatinamente -como sucede en la tercera de las
 Cinco piezas para orquesta, Op. 16 de Schönberg, 
que ostenta el título de «Colores», o como en la «melodía
 de timbres» la famosa Klang farbenmetodie de 
la Escuela de Viena, que consiste en un cambio de
 instrumento a cada nota de una melodía- da por
 resultado una secuencia de multicolores puntos
 en sucesión.
 Quizá por paralelismo con la pintura pueda hablarse de
 «puntillismo musical», como sucede en muchas obras de
 Webern, particularmente en la Sinfonía Opus 21, cuyos
 sonidos rodeados de silencios quedan aislados entre sí,
 aunque unidos por un inaudible y misterioso hilo conductor.
 La orquesta queda aquí, sin embargo,
 reducida a su mínima expresión.
El fenómeno del jazz, por ejemplo, ha sido uno de los
 más revolucionarios; una trompeta o un trombón en labios
 de un virtuoso del jazz nada tiene que ver con la
 utilización que el pasado había hecho de estos instrumentos.
 El modo en que en Nueva Orleans -sin duda por
 desconocimiento- se emplearon estos instrumentos
 abrió un campo insospechado de posibilidades que
 revirtieron en la música de concierto.
 Stravinski supo aprovechar estas nuevas perspectivas,
 las hizo suyas y las incorporó a sus siempre
 revolucionarias producciones.
 La aportación que la improvisación jazzística ha hecho
 con los instrumentos clásicos ha permitido descubrir 
aspectos completamente desconocidos de virtuosismo
 en la ejecución, ampliando extraordinariamente 
los recursos habituales.
 Ya hemos hablado de la brillantez orquestal de 
la escuela rusa. 
Stravinski, por ejemplo, utilizará una escritura orquestal
 siempre efectiva en su trazo virtuosista. Citemos,
 a título de ejemplo, Petrushka, La consagración de
 la primavera y El pájaro de fuego o, dentro del género
 menor, la reducida elección instrumental de 
La historia del soldado, en la que intervienen un instrumento
 agudo y uno grave de cada familia: un violín y un contrabajo,
 un cornetín y un trombón, un clarinete y un fagot,
 todo ello acompañado de un rico despliegue de la percusión.
En sus obras Bartók explícito siempre hasta los más
 insignificantes detalles, como la distribución de
 los ejecutantes, la colocación de los instrumentos de 
percusión, etcétera.
 De aquí al concepto de sonido estereofónico o
 relieve espacial sólo hay un paso.
En la mayor parte de las obras de este siglo
 -como ya habrá podido observarse- se ha concedido
 una atención cada vez más importante al grupo de 
la percusión, el cual, al ampliar las relaciones disonantes
 y la indeterminación sonora, ha ido encontrando un mundo
 cada vez más a su medida, un mundo que le ha permitido,
 a su vez, amplificar extraordinariamente su gama de timbres
 como una prolongación necesaria y lógica de la 
creciente evolución tímbrica de la orquesta.
 Así encontramos familias enteras dentro del sonido 
indeterminado de címbalos, de exóticos instrumentos 
de membranas (bongos, tam-tams, tumbas), 
escalas completas de temple blocks chinos, cencerros,
 variedades de litófonos, etc.
 Es, desde luego, un campo abierto a todas las
 posibilidades que se ha convertido en uno de
 los grupos predilectos (combinado con instrumentos
 percusivos de entonación fija como el xilófono,
 la marimba o el vibráfono, a los que podría añadirse
 también la celesta) de la especulación contemporánea.
Aunque parcial y entrecortadamente enunciado,
 con lo expuesto queda claro, sin embargo,
 que el siglo XX tiene una manifiesta preocupación por
 el hecho tímbrico.
 Podríamos todavía continuar esta relación dejando
 testimonio del piano preparado de John Cage,
 de la invención de las ondas Martenot tan oportunamente 
utilizadas por Messiaen-, de la significación que ha tenido
 para la historia del timbre contemporáneo 
la música electrónica, la música concreta de Schaeffer 
o el estudio acústico que el laboratorio ha permitido
 hacer sobre el sonido en cuanto hecho físico.
 La visualizaron de las ondas, la manipulación directa
 en la cinta magnética del espectro tímbrico y la posible
 descomposición de la superposición de ondas 
en curvas simples sinoidales ha abierto un campo 
de conocimiento que permite realizar una nueva química
 con el sonido y jugar -la creación siempre será juego-
 a componer con un mejor conocimiento de
 los elementos base.
 De este modo, las obras escritas después de esta
 experiencia con los instrumentos tradicionales de
 la orquesta, como sucede con Atmósferas, 
de Ligeti, crean la sugestión de una sonoridad
 de carácter futurista.

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Hoy existen posturas muy diversas y una información instantánea a nivel mundial que multiplica sobremanera las investigaciones técnicas y estéticas sobre el arte y la música en particular. Tanto Oriente como Occidente han recibido mutuas influencias (desde la sonoridad de los gamelans de la isla de Bali, hábilmente sugeridos en Amores, de John Cage, hasta la incidencia de la música americana al otro lado del planeta), que pueden ser observadas en los mas nimios detalles de las músicas de la posguerra.

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