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Beethoven ya no fue un compositor del Antiguo Régimen, maestro
de capilla al servicio de un gran señor, sino un compositor independiente
que conquistó al público con la fuerza de su personalidad.
En el siglo XIX el acto público del concierto tomó otra significación.
El compositor dejó de ser un funcionario de corte para convertirse
en un bohemio independiente (Schubert, Berlioz) que vivía -y moría
- por y para su arte
. Este cambio de actitud crea nuevos planteamientos que van a incidir
en una nueva música orquestal.
Un hecho considerable, y que no siempre se ha tenido muy en cuenta,
fue la mayor dimensión de la nueva sala de conciertos.
De ahí se desprende un aspecto funcional del hecho acústico que dará
lugar a nuevas potencialidades sonoras y en donde el campo de
intensidades, los forte y los piano, aumentarán su ímpetu y suavidad,
así como su poética de contraste.
Lógicamente, la orquesta había de contribuir con sus timbres y su
estructura evolutiva a afianzar este estado de cosas.
Así pues, la presencia del clarinete como instrumento de reciente
adopción -que empezó a afianzarse en las obras de Mozart-
tomó cuerpo sustancial en la obra orquestal de Beethoven y fue
a partir de este momento un timbre imprescindible en la orquesta.
Sin embargo, la envergadura de la nueva orquesta hizo sentir
cada vez más la limitación de los instrumentos de embocadura
como la trompa o la trompeta, que obligaban a hacer mil equilibrios
al compositor.
La función que desempeñaron en el nuevo organismo siguió siendo
la del tradicional sostenimiento de la armonía y la de potenciar,
en lo posible, la sonoridad plena.
Pero estos instrumentos, incluida la tuba, rudimentarios aún en esa
época, deberán esperar hasta mediados de siglo para encontrar
su principal desarrollo con la invención de los pistones, mecanismo
que permitirá la unificación general de la escala.
Aunque Beethoven tuvo que luchar contra todos estos escollos
técnicos, sus aportaciones en el campo de la orquestación fueron
extraordinarias. Si bien su plantilla instrumental es bastante similar
a la utilizada por Mozart en su última época, aun cuando añadió
trombones, flautín o contrafagot en alguna de sus sinfonías y
en la Novena amplió el grupo de la percusión, su tratamiento de
la orquesta, más enérgico e impetuoso, tiene otra dimensión.
Así mismo dará también a los instrumentos solistas del grupo de
la madera (flauta, oboe, clarinete o fagot) un valor expresivo
todavía inédito; las cuerdas adquirirán una fuerza dramática,
un vigor de sonoridad insospechada hasta entonces,
oponiendo a este grupo el de la madera y el del metal hasta
alcanzar una intensidad de colorido y una acentuación rítmica
completamente originales. Ciertamente, como dice Boucorechiiev
, «uno de los signos más evidentes de una nueva concepción
de la orquesta, donde todos los instrumentos son llamados de
pleno derecho a asumir funciones especiales, es la extralimitación
de la supremacía de las cuerdas, de los violines en particular»,
pero también de los contrabajos
(como aquel magnífico efecto de la tempestad en la Sinfonía
«Pastoral» en el que los contrabajos descienden, para simular
el rugido de los elementos desencadenados, a unas tesituras
graves nunca conseguidas).
Beethoven alcanzó los límites de las posibilidades instrumentales;
de su arrolladora necesidad de expresión se desprende una fuerza
que rebasa los cánones establecidos y da paso a una nueva
exigencia instrumental que pone a prueba las verdaderas
capacidades del intérprete.
En su orquesta los violines aumentan en el agudo la extensión
de su escala y la utilización de los instrumentos de viento es
progresivamente más efectiva. Poco a poco se hace sentir la
necesidad de un nuevo equilibrio y de una mayor cantidad de
unidades en las cuerdas para compensar la progresiva importancia
de los instrumentos de viento.
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